El día 6 de los
corrientes se ha inaugurado en esta ciudad, con los más felices auspicios,
una Sección de la Adoración Nocturna a Jesús Sacramentado. Cabalmente el
día mismo que la Iglesia dedicaba a conmemorar la Adoración de los Santos
Reyes, numerosos católicos han querido alistarse en la Guardia de Honor de
Jesús para ofrecerle el tributo de sus más rendidas adoraciones. No pudo
escogerse, pues, momento más oportuno para la inauguración.
La víspera de
la fiesta, una comisión constituida por D. Antonio Montañés Chiquero, cura
arcipreste de ésta; D, Francisco Ramiro, coadjutor primero, y los señores
D. Eduardo Páez y Vargas, D. Antonio Benavides y García de Zúñiga y D.
Manuel Almarza, Fundador; Presidente y Secretario respectivamente de esta
Sección Adoradora, salieron a las afueras de la población en carruaje
galantemente cedido por el fervoroso católico D. Pedro Rodríguez, con
objeto de recibir al M. I. Sr. Magistral de Jaén, encargado del sermón de
la fiesta, y a las comisiones enviadas por las Secciones Adoradoras de
Jaén, Torredonjimeno y Torreperogil.
Al amanecer del
día señalado, un repique general de campanas acompañado del estampido de
numerosos cohetes y alegres pasacalles, ejecutados por la banda que dirige
el reputado maestro don Bartolomé Magaña, anunciaron al pueblo la
solemnidad que se preparaba. Momentos antes de comenzar ésta, dirigióse el
Sr. Magistral desde la casa de D. Rafael Benavides y Salas, en que se
hospedaba, a la iglesia parroquial marchando a los acordes de la banda,
acompañado de las comisiones referidas y de un gran número de curiosos.
Acto seguido, y
con asistencia de las autoridades de la localidad, de todas las comisiones
con sus respectivas banderas y de un numerosísimo y escogido concurso, que
llenaba por completo las amplias naves de este hermoso templo, procediose
a la bendición y jura de bandera de la nueva Sección Adoradora, sirviendo
de padrinos en la ceremonia el citado Sr. Benavides y Salas y su señora
esposa dona Soledad Benavides y García de Zúñiga, que por hallarse
indispuesta, estuvo representada por su hija Pilar.
El momento en
que el señor cura párroco, después de bendecir la bandera, la abrazó,
depositando en ella amoroso ósculo, puestas las rodillas en tierra, fue
altamente conmovedor y solemne y produjo impresión profunda en todos los
fieles. Una breve alocución dirigida por el referido señor cura, teniendo
en sus manos la bandera, sirvió para explicar a los nuevos adoradores el
significado de tan gloriosa en seña y para inculcarles el deber que
contraían de acomodar sus actos a las palabras del lema en ella contenido.
Todos los adoradores, poseídos de viva emoción, fueron acercándose a jurar
dicha bandera, sellando su juramento con el abrazo y el ósculo de amor,
después de lo cual recibían el distintivo, y los activos además una vela
encendida en la lámpara del Santísimo, por el señor Presidente, según se
previene en el Ritual de la Asociación.
A causa de la
gran multitud de adoradores que hubieron de jurar, se prolongó la
ceremonia hasta las once y media, y a esta hora, comenzó la Misa, cantada
con gran solemnidad por la numerosa capilla de esta parroquia.
Y ¿qué decir de
la notable oración pronunciada por el señor magistral de Jaén? Grande era
la fama de que venía precedido, mas el éxito superó a todas las
esperanzas. Levantóse el orador en medio de una gran expectación, y
relacionando el Evangelio del día con la ceremonia que acababa de
celebrarse, hizo ver, en hermosos y arrebatadores períodos, la necesidad
de adorar a Jesús Sacramentado, increpando duramente a ese mundo impío
que, no con el amor y
reverencia de los Reyes de Oriente, sino con el descaro y osadía que
distingue a la impiedad, suele preguntar:
Ubi est qui natus est Rex?
Como si en tono
despectivo y sarcástico dijera: "¿Dónde está, donde está ese Rey mentido,
a quien vosotros adoráis? El auditorio no sabía qué admirar más, si la
corrección exquisita de la forma, severa, castiza y elegante, o la
sobriedad y elocuencia de los ademanes, o la profundidad de los
pensamientos, o por último, la unción verdaderamente apostólica que se
insinuaba dulcemente en los ánimos para identificarlos con el orador. Lo
más admirable es, que cuando parecía que iban a terminar los períodos, y
que cualquier aditamento, como superfluo, había de redundar en desdoro de
la concisión, nuevos toques avaloraban las frases para redondearlas con
armonía y rotundidad pasmosas; y todo ello espontáneo, fácil, sin
artificio, brotando con la naturalidad del agua que mansamente se desliza
del manantial.
A las cuatro de
la tarde del indicado día fue llevado el Santísimo en procesión, que
recorrió las principales calles con el mayor recogimiento. Fue, sin duda,
un desfile muy brillante por los valiosos elementos que a ella
concurrieron, y sobre todo, una manifestación muy significativa de amor a
Jesús Sacramentado, que llamó la atención por el orden y compostura de los
asistentes, a lo cual contribuyeron en gran parte, tanto la vigilancia de
estas dignas autoridades, como los cuidados, amabilidad y experiencia del
señor fundador de esta sección y de los Sres. D. Fernando Fernández
Morales y D. Antonio de la Torre Berro, representantes de la Sección
Diocesana de Jaén.
Varias
Corporaciones religiosas con sus estandartes precedían a la bandera de
esta Sección, a su vez precedida por las pertenecientes a las otras
Secciones adoradoras, haciendo guardia a cada bandera cuatro socios con
hachas encendidas.
Rodeado de
numeroso clero y escoltado por Guardia Civil de infantería, aparecía S. D.
M. sobre un precioso trono, coronado por artístico templete, uno y otro de
estilo gótico, donación del rico propietario Sr. D. José Pellón, haciendo
de preste el tantas veces nombrado señor magistral, quien lucía riquísimos
ornamentos de tisú de oro, así como los señores diácono y subdiácono,
debidos a la munificencia del señor Cardenal Benavides, de grata memoria.
A las nueve de
aquella noche recibiéronse nuevos adoradores, ascendiendo a 182 el total
de los inscritos, de ellos 64 activos y el resto honorarios. Expuesto S.
D. M. con las preces de costumbre, el mismo señor orador de la mañana
aceptó el encargo, que a última hora se le hizo, de pronunciarnos una
plática. ¡Pero qué platica la suya! Con indecible estupor y asombro oíamos
todos aquella improvisación, tanto más acabada y perfecta, cuanto más
espontánea y destituida de todo estudio. Todo lo que nosotros pudiéramos
decir sería pálido ante la realidad. Su entonación, esforzada y varonil al
principio, como la del jefe dirigiéndose a sus soldados en presencia de la
bandera que acaban de jurar, fue dulcificándose insensiblemente hasta ser
la de un padre que habla con sus hijos. ¡Con qué honda amargura se quejaba
de la traición de Judas en víspera de la Pasión de Cristo! ¡Con cuánta
efusión y ternura recordaba los encantos de aquella otra noche de Belén,
para ofrecernos dos modelos de adoradores en la Virgen Santísima y su
casto Esposo! ¡Qué insinuantes acentos de filial afecto al hacer el elogio
de la divina Señora y del tierno Jesús, que con amorosas flechas penetran
en las mismas entrañas de sus fieles hijos y roban sus corazones! Con
razón se sentía electrizado el auditorio oyendo aquellos raudales de
soberana e inimitable elocuencia, y fue necesario todo el recogimiento y
emoción intensa de que estaban poseídos los oyentes para que los aplausos
y los bravos no invadieran las naves del templo, materialmente cuajado de
fieles. Reciba nuestra más cumplida enhorabuena el joven y distinguido
orador, que con sus maravillosas dotes y su amabilidad y modestia ha
dejado en esta población imperecedero recuerdo.
Cerradas las
puertas del templo a hora oportuna, continuó la Vigilia Nocturna muy
ordenada y devotamente. ¡Qué hermoso y consolador espectáculo el de 105
adoradores, renovándose a las horas señaladas para postrarse a los pies
del divino Jesús Humanado, y allí en aquel foco de amor ardentísimo, en
aquella fuente inagotable de felicidad, bañarse en los esplendores de la
luz divina y beber a torrentes los consuelos y dulzuras de la
contemplación! ¡Cuántas cosas dice el Dios de la Eucaristía a los hijos
predilectos que por El se sacrifican! Creemos, mejor dicho, estamos
firmemente persuadidos de que tan hermosa obra ha de ser el principio de
la regeneración socia1 y religiosa de esta parroquia, porque es moralmente
imposible formar digna y devotamente en guardia de honor ante el Santísimo
Sacramento sin sentirse llenos de caridad, de valor, de abnegación sin
límites y dispuestos a los mayores sacrificios.
La intención
especial de esta Vigilia se aplicó por el bondadoso e inolvidable Obispo,
difunto, de esta diócesis, excelentísimo e ilustrísimo Sr. D. Salvador
Castellote y Pinazo, que días antes de su fallecimiento se dignó conceder
indulgencias a esta Sección. La Vigilia terminó con Misa rezada, en la que
comulgaron numerosos adoradores, saliendo éstos del templo con la íntima
satisfacción de haber empleado tan santa y fructuosamente el tiempo y
dispuestos, según piadosamente creemos, a pelear las batallas del Señor.
Merecen
plácemes y enhorabuenas el activo y celoso fundador D. Eduardo Páez y
Vargas, alma de esta Obra; el desprendido y generoso caballero D. Rafael
Benavides y Salas, que espontánea mente costeó la bandera; el orador,
prestándose a predicar a la primera insinuación que se le
hizo; el
señor Presidente y Secretario, con los demás miembros del Consejo, por su
activa e inteligente gestión, y en general el clero, autoridades y los
adoradores todos, que no rehusaron contribuir con su entusiasta
cooperación. El Señor recompensará largamente la buena voluntad y los
trabajos de todos.
La noche
memorable que acabamos de describir a grandes rasgos con sus conmovedoras
ceremonias, y los actos solemnísimos que la precedieron, quedarán grabados
con indelebles caracteres, en nuestras almas. La divina Providencia, que
en fecha reciente, permitió en esta culta y cristiana ciudad una
manifestación escandalosa en medio de la justa indignación de todas las
personas honradas, ha querido ofrecernos el ejemplo de otra manifestación
de fervor y piedad para que los corazones apocados se convenzan de que la
corrupción y la malicia no lograrán jamás arrebatar la fe a este pueblo,
si, como en la ocasión presente, todos los buenos católicos se unen para
confesarla y practicarla. El Señor nos ilumine y ayude en nuestra empresa,
y que el divino Salvador Jesús, que la ha dado feliz comienzo, se digne
perfeccionarla y conducirla a un alto grado de prosperidad para su mayor
gloria y bien de las almas. ¡Viva Jesús Sacramentado!
El Director espiritual.